Un desengaño más



No importa como hayan comenzado las historias ni su desarrollo, el final siempre desemboca en el mismo tono: frustrante y embargándonos la exigua cuota de deseo.


Las últimas páginas escritas nos hablan de un Ferro trastabillante a lo largo del torneo, que habiendo mostrado pocos merecimientos para pugnar por el ascenso se encontró repentinamente con la chance de poner bajo la alfombra todos los errores cometidos y estar a pocos partidos de la gloria.


Con la goleada ante Gimnasia de Mendoza, implacable y soberbia, nos volvimos a topar con el espejismo triunfal en este desierto de alegrías y conquistas que significan dos décadas sin poder regresar a la Primera División.


Pero la derrota de anoche con Atlanta nos puso nuevamente de bruces hacia la aridez mediante un cachetazo indoloro, producto de tanta tolerancia a la frustración que hemos forjado. 


No pusieron por enésima vez a besar la arena de la desazón y encontrarnos con la cruda realidad de las malas decisiones dirigenciales y su repercusión en el césped.


Pero antes de retornar al despojo de las apariencias hubo un partido que duró 30 minutos, donde el Verdolaga arrancó mostrándose con leve superioridad y actitud digna de final pero que al no concretar sus chances ante un rival siempre complicado y lucrativo de nuestros pecados, terminó nublándose y olvidando su rol protagónico.


Fue el gol de Ochoa Giménez, consecuencia de una pérdida de Busse en el mediocampo y el posterior descalabro defensivo, el baldazo de agua antártica que temíamos recibir, congelando ánimos y paciencia.


Porque este Ferro, se sabe, es un equipo difícil de roer cuando logra ponerse en ventaja y otro muy distinto al momento de verse obligado a remontar el marcador. 


Esa máxima se hizo carne definitiva apenas iniciado el complemento con un taquito madrugador de Tecilla tras el tiro libre ejecutado por Valdez Chamorro y la ausencia de reflejos de Avellaneda.


El 2 a 0 quebró la fragilidad psicológica de Oeste que no supo tener las herramientas para aunque sea  tentar al empate.


La ausencia general de ideas claras para sostener alguna jugada que inquiete a Rago, la incapacidad de arrinconar al contrincante aunque sea a partir de la vergüenza, tornaron cada escena ofensiva de Caballito en grotescas, previsibles y exasperantes.


A pesar de la poca expresividad de Oeste, existió para seducirnos con la idea efímera y cruel del resultado épico, un descuento tardío de Bordacahar ya en tiempo adicional. 


Pequeña luz encendida en tiempo adicional y que fue apagada por el soplo de Pablo Echavarría al decretar el final del trámite.  


La desaparición de esa tibia llama a la que nos aferramos totalmente descorazonados, fue la señal para que regresemos al peregrinaje sobre terreno infértil y seguir transitando la indolencia ante el fracaso, creyendo ver oasis donde no los hay.


















Fotos: Daniel Enrique Silva para Ferro Energía Verde.

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