Duele, Marcelo.


Sí, Marcelo, entiendo. Te duelen los insultos. A los hinchas, los socios, pensás que nos gusta terminar descargando nuestra bronca de manera espontánea ante semejante falta de respeto desde el campo de juego hacia el espectador?
A nosotros también nos duelen los insultos, porque son intentos de quitarnos del corazón ese cuchillo que significa la humillación que nos proporcionan equipos que no tienen ni la cuarta parte de historia que poseemos.
Es la única, automática y sincera forma de dar a conocer que no vamos bien, que estamos viendo el paisaje muy al borde del acantilado. Que con un par de pasos más y sin medir bien caemos al vacío.
No somos caprichosos, no tenemos el paladar negro, nunca nos caracterizamos por exigir exquisiteces futbolísticas. Tan sólo nos conformamos con que demuestren respeto por todo lo que significa vestir  la camiseta verde: la número 5 del "Cacho", la 10 de la "Chancha", la 8 del "Gordo" y así podría seguir enumerando más ejemplos...
Te entiendo Marcelo, te formaste, trabajaste y llegaste a lo máximo que cualquier director técnico profesional que está empapado de Ferro puede aspirar.  Te tocó esta vez hacerte cargo por completo y no provisoriamente de conducir los destinos del primer equipo. Una gran responsabilidad y reto que asumo sabías, era complicada. Comprendo que necesitás demostrar tu capacidad para afrontar el temporal, te jugás tu futuro de entrenador. Pero a veces las cosas no se dan de la manera planeada y hay que reconocer el momento de parar.
Nos ilusionamos con muy poco en las primeras fechas. Tan sólo con el cambio de actitud demostrado pensábamos que este torneo no sería una pesadilla. Que no vendría cualquiera a Caballito, feliz de nuestro prontuario de resucitador de esperanzas ajenas.
Acompañado de ese cambio,  se dieron resultados, algunos buenos, otros malos, pero sastisfechos porque la actitud no se negociaba. Ni en casa, ni afuera.
Pero algo se rompió, estimado Marcelo. Algo no está funcionando desde ese partido que empatamos con Chacarita. El equipo viró hacia una espiral de desconciertos, malas decisiones, y sobre todo, lo que más duele, ausencia de gestos agresivos y vergüenza ante la adversidad.
En el tramo que continuó desde la derrota en Gualeguaychú, pasando por el triunfo ante Independiente Rivadavia y la reciente y estrepitosa caída con Estudiantes de San Luis, no vimos nada de lo que se insinuó y nos transmitieron a los hinchas hasta la noche de la  igualdad con el "Funeberero".
Nos estaban devolviendo de a poquito la confianza que habíamos perdido en diciembre nada más que con el sacrificio. Futbolísticamente también se vislumbraba un mecanismo de juego con cierto orden y una idea a la que a simple vista sólo le faltaba un poco de aceite.
Pero algo se rompió. Hace ocho jornadas que los síntomas se fueron acumulando, se advirtieron y lamentablemente dejamos que el paciente agrave su cuadro.
Con la excusa de la longitud del torneo y aferrados a un resurgimiento del espíritu de lucha, generamos una situación que nos aleja cada vez más de los puestos de ascenso y nos acerca al infierno de los promedios.
No te pido que te pongas en nuestra situación, la de fanáticos que vamos a estar al pie del cañón dónde y cuando sea.  No te obligo a que sientas lo desgarrador que significa que un pibe de 5 años que está desarrollando su identificación con los colores pregunte cada fin de semana ¿por qué perdemos siempre?
Entiendo, te duelen los insultos, pero al hincha le duelen las faltas de respuestas de once protagonistas que con todas las limitaciones técnicas que puedan llegar a tener, deberían saltar al campo de juego con alma de gladiadores y no como pasantes en una fábrica de detonar ilusiones.
La actitud no se negociaba y ayer la terminamos de rematar por centavos, casi gratis, estimado Marcelo. No vendimos cara la derrota, nos vimos otra vez humillados, regalando felicidad a equipos que en otros tiempos, no tan lejanos, venían a hacer turismo a Caballito, a sacarse fotos con la visera de concreto de fondo y considerar un empate como una victoria. Ahora ya no se conforman con un puntito, sino que hasta se tomaron la costumbre de golearnos.
A nosotros, nos duele todo eso y mucho más.
Tal vez, sean verdad todas las declaraciones de casette, que "con trabajo se sale", que "el grupo esta unido". Aunque desde afuera se vea todo lo contrario.
Tal vez el próximo sábado en San Francisco, se logre una victoria contundente, se corte el mal juego, desaparezca la apatía y comience una nueva racha positiva. Ojalá, lo deseo y creo que nadie que ame al Club ansíe lo contario. Pero gran parte de mi fé (porque eso es el fútbol también, una cuestión de fé) hacia la continuidad de este proceso entro en franca disolución con el gol de Nuñez.
Y no quiero hablar por todos los hinchas porque cada uno tendrá sus sensaciones y opiniones personales, pero creo que el veredicto popular (en caliente, bajo un manto de pasión y sucesivas frustraciones, pero infinitamente justificado) dió su sentencia respecto al presente que atravesamos.
Ocho jornadas deberían haber sido suficientes para dar otra imagen que la de equipo descendido.
Sí, Marcelo, lamentablemente jugamos como equipo condenado. Y no al éxito precisamente.
Pero te entiendo, todavía te deben estar doliendo los insultos. Seguramente no te dejan dormir y la almohada se te debe hacer de piedra.
A mi también me duelen los insultos, porque indirectamente queda afectada la camiseta. Ni más ni menos que la camiseta, nuestro bien más preciado. Me duelen, nos duelen.
Porque, creéme Marcelo, la gran mayoría de fanáticos hicimos todo el esfuerzo en este tiempo por no insultar. Pero de tanto mordernos la lengua comenzamos a sangrar. Y pucha que dolió !
Sangramos, estimado, sangramos. Esa fue nuestra tolerancia.
Ayer, estimado Marcelo, algo que sospechamos se había roto, definitivamente expuso la fractura entre lo que pregonás y lo que realizan tus muchachos.
Ayer, tuvimos que volver a intentar explicarle a un pibito de 5 años, por qué perdemos siempre. Y entendeme, Marcelo, eso realmente duele.

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